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JACINTO Y LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL 

Por Jorge

  

  

El 11 de julio del 2021 transcurría como un día cualquiera para Jacinto, médico de profesión, cuya rutina consistía en atender a sus pacientes en el consultorio estatal de su pueblecito Lajas. Lajas es la tierra donde nació el inmortal Benny More, un lugar olvidado y gris como suelen ser la gran  mayoría de los poblados en Cuba, donde la vida de muchos cubanos transcurre en la más cruel monotonía. Los poblados están rodeados por centrales azucareros que hoy ya no funcionan, especie de ruinas ante las cuales extrañamos desde el pito del central, el sabor del guarapo y otros placeres más  que han desaparecido desde que a Castro se le antojo desmantelarlos.  

 Aunque para muchos parecía un día más, en el calendario de Jacinto no era realmente así, acostumbrado por su sexto sentido a ver más allá de la superficialidad que subyace en las  conversaciones y rutinas de sus compatriotas cubanos. Los días previos a las protestas del 11 de julio no podían ser más oscuros y sombríos, como si  de repente nos hubiéramos adentrado en un interminable y agónico túnel oscuro, donde no se  vislumbraba una salida inmediata. Tal pareciera que nos habían secuestrado la esperanza,  aunque aún permaneciera secuestrada ante el incremento de la miseria y la represión que ha desatado el régimen en los últimos meses en la isla.  

 Desde las primeras horas de la mañana durante ese luminoso y a la vez fatídico día,  ¡gran contradicción!, nos encontrábamos atrapados entre dos realidades paralelas. Desde que la pandemia de COVID 19 había aparecido en Cuba y enlutado a miles de hogares, en medio de los interminables apagones, agobiados por las frecuentes noticias sobre la muerte por la pandemia, la escasez de oxígeno en los hospitales, de medicamentos, la  precariedad de las instalaciones médicas, en su mayoría colapsadas por la cantidad de  pacientes, los medios oficiales pretendían minimizar y hasta ocultar la verdadera dimensión de  esta colosal tragedia. Se repetía la retórica oficial en torno al cacareado bloqueo norteamericano y la  necesidad de resistencia, pero la gran mayoría de los cubanos ignoraban y buscaban la verdad  en las redes sociales que emitían constantemente etiquetas de #SOS Cuba o #SOS Matanzas,  teniendo en cuenta que la gravedad de la situación se concentraba en la Atenas de Cuba.  

 En medio de un panorama así, Jacinto, al igual que muchos médicos cubanos que disentían del sistema y sólo podían expresarlo en ámbitos privados, se encontraba con las manos atadas,  pegado a su teléfono desde temprano intentando conocer los más recientes sucesos reacciona asombrado ante la noticia de las protestas en San Antonio de los  Baños.  

 Ese histórico día Jacinto se encontraba en la ciudad de Cienfuegos, conocida como La Perla  del Sur, visitando unos enfermos en sus casas debido a que estos no habían podido ingresar en los colapsados centros hospitalarios, donde apenas había cama y espacio para un ser  humano más, ¡era tan desolador todo aquello! Las personas deambulaban por las calles  desesperadas en busca de medimentos en el mercado negro con tal de salvar a un familiar,  dispuesto a pagar hasta más de su salario, entre 3000 y 4000 pesos por Rosefin o por cualquier antibiótico que te salvara la vida. El clímax era angustiante y se imponía la filosofía de sálvese quien pueda. Se decía que ya escaseaba el espacio para  enterrar los cadáveres, y los medios oficiales continuaban con su retórica habitual, “¡La  revolución no dejará a nadie desamparado!”. Sin embargo, los cubanos habíamos despertado y ya no  creíamos en falsas promesas ni discursos mesiánicos, en esencia, ya no aceptábamos ser  engañados. La tragedia y las muertes de muchos cubanos estremecieron la conciencia nacional, fueron el detonante que encendió la llama de la rebeldía nacional. Desde el Maleconazo de 1994 nadie más había osado protestar en Cuba, ante esa parálisis social que se llama el miedo.  

 Transcurrían las horas del mediodía de ese imborrable 11 de julio mientras Jacinto  conversaba con su paciente y amigo Diego, quienes compartían el béisbol, las  mujeres y la política como aficiones. No había instante que Diego desperdiciara para conversar con Jacinto sobre la cosa, eufemismo utilizado por los cubanos durante años para referirse a la situación  política y económica del país.  

 Precisamente a través de su amigo Diego, paciente de cáncer, fue por el que Jacinto tuvo conocimiento de que las protestas que habían iniciado en San Antonio de los Baños durante esa mañana se estaban extendiendo como un reguero de pólvora al resto del país; en lugares como Cárdenas  y Camagüey la situación era bastante delicada. Instantáneamente Jacinto le expresó a Diego: “Ya esto no aguanta más, hay que salir a la  calle a protestar y apoyar a nuestros hermanos que desafían la represión”. Aunque Jacinto  nunca había militado directamente en la oposición conocía de los métodos represivos del régimen con tal de silenciar a cualquiera que expresara su descontento, sabía el peligro que enfrentaba si decidía sumarse a las protestas. Ignorando el consejo de su amigo, que le advertía que no se sumara a la protesta que sucedía en los alrededores del Parque Martí, frente al edificio del Gobierno Provincial, incluso ignorando un llamado de su esposa que intentaba disuadirlo en vano,  pues Julia lo conocía, conocía su manera de pensar.  

 Jacinto marchó hacia el centro histórico ubicándose en las afueras del Teatro Terry, a  cierta distancia de los manifestantes, rodeados por fuerzas del orden y los llamados Grupos de  Respuesta Rápida. Todo sucedió tan rápido,  fueron las primeras palabras de Jacinto cuando se recuperó del dolor después de haber sufrido  un inesperado golpe, mientras se encontraba encarcelado como muchos otros durante esa noche en un calabozo de su ciudad. Aún siendo pacifico, que sólo había filmado las protestas, algo  inédito en su Perla del Sur, corrió ese destino, como también le sucedió a un sacerdote que en  Camagüey fue golpeado con un bate. Son muchos los testimonios que van emergiendo de las sombras, del miedo que paraliza a quienes no han tenido valentía para contarlo. Pero poco a  poco nos vamos curando en este largo camino que terminará cuando alcancemos  definitivamente la luz de la libertad, que nos espera pacientemente al final del túnel.  

 Jacinto tuvo que ser intervenido quirúrgicamente a causa del golpe que recibió y no se ha  hecho justicia, aún padece de secuelas de la represión; algunas, las más visibles, han sido  curadas, al menos se curó del resentimiento y del odio hacia sus represores, pero sus anhelos de libertad no se han extinguido.

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