SOBRE EL MAR, LAS OLAS PASAN 

Por Eliseo (seudónimo)

  

  

Antonio siempre ha visto el mar como si fuera un náufrago en una isla desierta. Siente que, en otras orillas de ese mismo mar, la felicidad lo espera con las piernas abiertas, pero nunca ha tenido el valor de lanzarse al océano en su busca. Desde su casita humilde al borde de una ensenada sucia de la bahía, cuenta las olas en las tardes. Las olas pasan como sus años en esta isla, sin  rumbo fijo ni orillas felices. Sin embargo, sueña con llegar sobre las olas a esas tierras prometidas, donde pueda escapar de la insoportable monotonía de la vida en esta parte del mar Caribe.  

Su padre era pescador, al igual que lo fue su abuelo. Llevaban más de tres generaciones en

aquel  rincón maloliente de la ciudad donde nada pasaba nunca. A lo mejor, los negros pobres como él no tenían derecho a aspirar a otra vida. Su mundo era una sinfonía de salitre y olor a pescado podrido, no conocía otra cosa que la pobreza, pero a veces se imaginaba cómo sería vivir en ese futuro luminoso que tanto le prometieron desde niño.  

Siempre le quedaba la opción de meterse a jinetero, como hizo Carlos, el listo de Carlos, que era un mulato apuesto y bailador y se las había arreglado para casarse con una europea. Ahora Carlos era un negro fino viviendo en Noruega, disfrutando de las bondades que se había ganado con el soberbio movimiento de caderas que le concedieron sus Orishas. Antonio no lo envidiaba, lo extrañaba. Extrañaba a muchos otros que lograron cabalgar las olas antes que él y lo dejaron solo en esta isla. Antonio quería que pasara algo, pero no sabía exactamente qué.  

El domingo 11 de julio a las doce del día, estaba como de costumbre, tumbado en el colchón remendado que tenía en el suelo de su cuarto, respirando el aire cálido y húmedo del verano  insular. Meditaba sobre su vida melancólica y se preguntaba qué se hacen los domingos en esos  lugares donde la gente tiene propósito y esperanza. Pensaba que tenía mucha mala suerte por  haber nacido en Cuba; la pobreza había dejado marcas demasiado profundas en su infancia y la  separación de sus padres todavía le dolía demasiado. Su madre cumplía condenas por prostitución y desacato, y hacía como seis meses que no la podía ver, pues no tenía dinero para pagarse el viaje a la provincia a donde la habían enviado.  

Se hubiera quedado dormido con aquellos pensamientos si no le hubieran golpeado la puerta con  insistencia. Era su vecina, Amalia. 

— Antonio mijito, la gente está en la calle, es en toda Cuba, todo el mundo lo está diciendo. 

 

Antonio se pone el pantalón y sale a toda velocidad hacia la calle, en el barrio sus amigos ya lo  sabían y se iban juntando para ir al centro.  

— Antonio vamos pa´ allá, la cosa está caliente 

Antonio no hablaba. No sabía exactamente qué hacía cuando empezó a correr con los demás,  ¡estaba pasando algo al fin! Cuando llegó al parque situado frente a la sede del gobierno, donde  se habían concentrado los demás, notó que la luz era muy intensa y se sentía flotando. Por un  momento podía ver los tejados de la ciudad.

Ahora era como un ave libre, después de vivir muchos  años en una jaula de hierro, en ese instante era feliz. Comenzó a gritar como los demás, a voz en cuello. Gritaba por su libertad, gritaba por sus sueños deshechos y porque nunca había podido hacerlo, gritaba por un respiro, por un cambio.  

 

En un abrir y cerrar de ojos llegaron las patrullas y los camiones de guardias. Era un enjambre verde olivo y azul, bastón en mano y pistola al cinto. Antonio no corrió, no tenía miedo, no tenía  nada que perder. Comenzaron las palizas y la sangre, el músculo represor contra la palabra y la esperanza. La felicidad es corta. Todo pasó muy rápido, cuando lo atrapan lo golpean, lo golpean duro y con saña. Lo levantaron del suelo y le sangraban la nariz y la boca. Casi no podía respirar,  lo tenían agarrado del cuello. De un tirón se encuentra en un camión cerrado, hay otros como él,  algunos inconscientes por las golpizas; ahora lo llevan a la estación de policía, a donde todo el  mundo canta, un lugar que alguna vez conoció en sus peores pesadillas.  

 

Por una ventanita con barrotes saca la cara golpeada, logró ver el mar una vez más, recordó que  hacía solo unos minutos se estaba quedando dormido en la tranquilidad de su casa junto a la bahía,  donde las olas iban contando sus años en una especie de cuenta regresiva macabra.  

 

— A lo mejor ahora puedo ver a la vieja, ojalá me manden para alguna prisión de Camagüey.  Ojalá y esto no se pare hasta que se acabe todo. Deja que Carlos se entere de lo que se perdió — pensaba Antonio. 

 

Cuando atravesó la verja de la estación de policía y los guardias cerraron el portón detrás de él, sintió un salto en el estómago. De alguna forma anticipó que allí, lejos del mar, sus próximos años  pasarían como las olas erráticas de la bahía, las que en sus sueños se lo llevaban lejos, hacia  aquellos mundos desconocidos donde aguardaban la felicidad y la esperanza.